

En los últimos meses vimos dos noticias que sacudieron al ecosistema emprendedor en LATAM, los cierres de Frubana y Jüsto. Más allá de la sorpresa, lo que más me llamó la atención fueron los comentarios que comenzaron a salir en redes. Por un lado, quienes señalaron errores, con mucha seguridad y a veces sin mucho contexto, y por el otro, quienes salieron a defender a los founders con el argumento: “si no has emprendido, evita opinar”.
Y honestamente, entiendo a ambos lados. Las dos posturas vienen de lugares reales: la necesidad de aprender y la empatía con un camino que es muchísimo más duro de lo que parece desde fuera.
Pero también creo que esta polarización dice algo incómodo de nuestra industria. En VC solemos amplificar las historias de éxito: las rondas, los hitos, el crecimiento. Y aunque eso inspira, también deja fuera gran parte de la realidad en el día a día: los retos operativos, las decisiones difíciles, los pivots, la presión por crecer, las tensiones de caja, el desgaste del equipo. Esto alimenta la percepción de que en este ecosistema “todo se celebra”, lo que provoca que voces externas busquen llenar ese vacío señalando errores. Mientras que quienes han vivido los retos de emprender reaccionan defendiendo a los founders desde un lugar de empatía.
Entonces me pregunto: ¿qué podemos hacer para contribuir a un debate más sano, uno que dé visibilidad a los retos reales que viven los emprendedores y, al mismo tiempo, promueva la autocrítica? Creo que el ecosistema en LATAM ha madurado lo suficiente como para intentarlo, con experiencias tanto positivas como negativas, y quizá lo que hace falta es abrir espacios para compartir aprendizajes. No se trata de romantizar el fracaso, ni de convertir cada historia en un juicio público. Se trata de reconocer que, si solo contamos la parte buena, nos quedamos sin espacios para hablar de lo complejo.
Desde el rol de inversionistas, creo que nos toca seguir hablando de las empresas exitosas de nuestros portafolios, destacando no solo qué hicieron bien, sino también los aprendizajes que surgieron en el camino y, del mismo modo, estudiar con seriedad los casos que no funcionaron y asumir nuestra propia responsabilidad cuando corresponda.
Así mismo podemos promover acciones para ayudar: generar espacios para platicar de “lecciones aprendidas” entre founders, conversaciones de founders e inversionistas para identificar patrones recurrentes, y una trabajar en una narrativa que celebre no solo resultados, sino también calidad de ejecución y toma de decisiones difíciles.
Al final, me gustaría que pudiéramos sostener dos ideas al mismo tiempo. Emprender es extraordinariamente difícil, y que analizar lo que no funcionó es igual de valioso que celebrar lo que sí. Solamente así podremos generar conocimiento para fortalecer el ecosistema y que sirva a los que inician su camino como emprendedores.
Semanas después de que se diera a conocer el cierre de Jüsto, el panorama volvió a moverse: la noticia de que Grupo Omni rescata a la compañía y anuncia una inversión de hasta US$100 millones para relanzarla en México cambia la conversación. No borra los retos que llevaron a ese punto, pero sí abre otra capa de análisis: en los ecosistemas maduros, las historias no siempre terminan en blanco o negro. A veces hay cierres que se transforman en reestructuras, y crisis que derivan en nuevas etapas. Quizá ahí hay otra lección relevante para LATAM: construir empresas no es solo saber crecer, también es saber ajustar, recapitalizar y encontrar segundas oportunidades cuando todavía hay valor por rescatar.
Por: Rodrigo Arroyo