

Es difícil leer “Doughnut Economics” (Economía de la rosquilla), de Kate Raworth, y no sentirse identificado con el planteamiento de desarrollo económico que expone la autora, sobre todo si tienes cercanía —o te sientes identificado— con el ecosistema de emprendimiento social: ese que busca generar un impacto positivo en lo social o ambiental, dejando el mundo mejor de como lo recibimos.
El libro se explaya en las siete formas de cambiar el pensamiento económico de cara a los retos que enfrenta la humanidad en el siglo XXI; además, ofrece una master class sobre la historia y evolución de esta ciencia social, citando a sus principales autores y explicando cómo, en el siglo XX, muchas de sus ideas se desvirtuaron como consecuencia del contexto social que se vivió (principalmente las guerras y la explosión demográfica).
No me quiero detener en estas siete ideas; prefiero explorar cómo construye la “dona” la autora y por qué creo que es un libro que todos quienes formamos parte de este ecosistema deberíamos leer.
La idea es muy simple: la humanidad debe lograr vivir entre dos anillos. El primero de ellos, el interior, representa los 12 fundamentos sociales que toda persona debería tener garantizados para vivir con dignidad. La autora menciona que se trata de condiciones mínimas que, antes de pensar en crecimiento, la economía debe garantizar por diseño:
Estos 12 fundamentos sociales deben lograrse sin rebasar los 9 límites planetarios, lo que da lugar al anillo superior: esos umbrales críticos, definidos por la ciencia, dentro de los cuales la humanidad puede operar de manera segura, sin generar daños ni desequilibrios irreversibles al planeta:
Saliéndonos un poco del tema, autores como David Wallace-Wells, en “The Uninhabitable Earth” (La tierra inhabitable), hablan de las consecuencias generadas por el traspaso de estos límites. El libro, publicado en 2019, incluso predijo una pandemia.
Regresando a la idea planteada por Raworth, me parece muy interesante su visión: no podemos dejar de luchar por lograr una sociedad más justa e incluyente para todos, empujando un acceso equitativo a oportunidades y condiciones de vivienda digna; pero tampoco podemos olvidar nuestra casa común. Si arreglamos la inequidad social, pero no tenemos un lugar donde vivir, de nada servirá… o, siendo menos drástico, sobrepasar los límites planetarios afecta directamente a la salud, la alimentación, la energía, el agua y, en algunos casos, la vivienda.
Me motiva y emociona ver cada vez más consciencia por parte del ecosistema de emprendimiento social acerca de estos dos temas. No es un reto menor, pero todos deberíamos animarnos a abrazar “la dona”.
Por: Miguel I. Gallo