El dilema de invertir en educación privada frente al rezago en el sistema público

En México, la educación básica atraviesa una crisis, agravada por una falta de visibilidad sin precedentes. Según resultados obtenidos de la prueba PISA 2022, México es el tercer país peor evaluado de la OCDE en Matemática (retrocediendo a niveles de 2003) y Comprensión Lectora, y el país con peor puntaje de Ciencias.

A este rezago se le suma la desaparición de organismos autónomos de evaluación y falta de métricas claras. Según la UNESCO, esta carencia de datos impide diseñar políticas públicas basadas en evidencia, dejando a una generación entera a la deriva.

Ante esta situación, como inversionistas de impacto, surge un dilema: ¿invertir en educación privada es una solución o solamente se amplían las brechas de desigualdad?

Desde mi perspectiva, la inversión en educación privada, principalmente en modelos que atienen escuelas de bajo costo, no es un lujo sino una vía de escape. Cuando el sistema público está saturado o carece de calidad, las familias de ingresos medios y bajos buscan alternativas, ya que la educación de sus hijos es una de las mayores prioridades.

Es importante destacar que la idea no es reemplazar la educación pública, sino fortalecer la educación privada como un mecanismo de resiliencia mientras se logran cambios sistémicos en el sector público.

El mercado de la educación básica privada atiene a más de 3.7 millones de estudiantes, representando el 12% de la matrícula nacional, repartida en más de 30 mil planteles. La gran mayoría de estas escuelas no son instituciones de élite, sino que existe un ecosistema masivo de pequeñas escuelas con colegiaturas por debajo de $5,000 pesos al mes. Además, existe una fragmentación enorme, con dueños de escuelas (principalmente maestros) que operan 1 o 2 plantes, lo que genera una enorme oportunidad para la profesionalización y escalabilidad a través de inversiones en tecnología y procesos.

Considerando la enorme oportunidad de crecimiento e impacto que existe en el sector educativo privado, ahora la pregunta es: ¿apostamos por contenido o por gestión?

La Inteligencia Artificial llegó a cambiar las reglas del juego en muchas industrias, y en la educación el contenido se ha convertido en un commodity. El acceso a la información es casi universal, lo que falta es capacidad institucional para transformarlo en aprendizaje real.

Una escuela bien administrada genera beneficios que impactan tres dimensiones críticas:

  1. Desempeño académico: los sistemas de gestión permiten conocer a mayor detalle el progreso del alumno, utilizando sistemas de evaluación medibles. Mientras que permite a los docentes dejar de lado tareas administrativas y enfocarse en sus estudiantes.
  2. Eficiencia Administrativa: la digitalización de la cobranza y optimización de recursos permiten que las escuelas de bajo costo sigan siendo asequibles y financieramente sostenibles.
  3. Entornos de Bienestar y Pertenencia: una gestión robusta habilita la capacidad de invertir en capacitación docente y en la dignificación de las instalaciones. Al mejorar la experiencia física y emocional en el plantel, aumenta el sentido de pertenencia y, por consecuencia, las ganas de aprender y la retención escolar.

Apoyar emprendimientos que fortalezcan la gestión de escuelas privadas no es un acto aislado. El objetivo es que estas soluciones generen modelos eficientes y escalables que eventualmente puedan permear en la educación pública.

El capital de impacto debe funcionar como un laboratorio de innovación. Si logramos que una escuela de bajo costo sea rentable y académicamente superior mediante una gestión impecable, habremos creado un estándar que el sector público puede (y debe) adoptar.

La meta no es crear dos mundos, sino usar la agilidad del sector privado para construir el puente que conecte a los niños de hoy con el futuro que merecen, mientras el sistema general encuentra su nuevo rumbo.

Por: Rodrigo Arroyo

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