

Hace unas semanas, escribí acerca de uno de los principales retos (si no es que el más relevante) que tendremos como sociedad de cara a los próximos 20 a 30 años: producir los alimentos suficientes para una población que crecerá cerca del 20% pero que incrementará su demanda de alimentos en cerca de un 50%, especialmente aquellos que necesitan más tierra y agua para producirse (proteína animal y cereales).
El cambio climático y sus efectos en la producción juegan y jugarán un rol clave en el lugar cumplir o no los objetivos de alimentación a la sociedad. Esto sin contar el estrés hídrico que vendrá: la agricultura consume el 70% del agua dulce disponible y la contaminación derivada de actividades humanas no ayuda mucho tanto en su reutilización como en el manejo adecuado de la misma.
Es por eso que no podemos dejar de voltear a ver la cadena de producción y consumo de los alimentos porque, si bien no va a resolver todo el problema, sí puede disminuir significativamente la cantidad de alimentos adicionales que debemos producir.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), más de 1,300 millones de toneladas de alimentos se desperdician anualmente; nada más en Latinoamérica esa cifra es alrededor de 127 millones de toneladas, lo que equivale al 34% de la comida producida en la región, algo similar al cerca de 33% a nivel mundial.
Cuando revisamos los momentos en los que se pierden los alimentos, no sorprende mucho las etapas que más concentran la generación de desperdicios.
Países desarrollados, como Europa o Estados Unidos concentran mayor desperdicio en los consumidores finales (alcanzando cerca del 50%), y en regiones en desarrollo como Latinoamérica, los desperdicios se concentran en las partes tempranas de producción: producción y postcosecha, así como distribución logística, lo que es fácilmente explicable por caminos rurales deteriorados, falta de infraestructura en frío y un gran porcentaje de pequeños y medianos productores sin acceso a mercados.
Según estimaciones de la FAO, solamente con reducir en 50% el desperdicio de alimentos se podría alimentar a los 733 millones de personas que hoy sufren de hambre.
En el mundo emprendedor, cada vez vemos más y mejores soluciones enfocadas en intentar arreglar la cadena de suministro de alimentos, especialmente en nuestra región.
Los consumidores tenemos un peso específico individual que probablemente no logremos en ninguna otra parte de las cadenas de suministro y distribución de las grandes industrias. Nos urge despertar consciencias y no tener miedo a empezar a actuar, como decía la Madre Teresa de Calcuta “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara esa gota”.
Por Miguel Gallo