El cambio climático y su innegable impacto social

Cuando hablamos del cambio climático, por lo general, lo primero que pensamos es en el derretimiento de los polos, en los calores y sequías extremos, en incendios e inundaciones, en huracanes cada vez más violentos, en la extinción masiva de especies y, con un poco más de sensibilidad, el estrés hídrico que tendrá la humanidad hacia delante… parecen muchas cosas por las cuales preocuparnos, pero estamos dejando una central: el cambio climático está afectando, de manera progresivamente exponencial, los rendimientos y el cómo producimos nuestros alimentos.

El tema no es menor, sobre todo si vemos las tendencias de alimentación de la población: estamos regresando a comer más proteína animal y más vegetales y frutas crudas; de hecho, en 2026 en Estados Unidos se publicó una nueva pirámide alimenticia donde el modelo prioriza la calidad de los alimentos, la densidad de nutrientes y los alimentos mínimamente procesados sobre el balance de calorías o las porciones equilibradas de grupos de alimentos. Con este modelo, proteínas, lácteos enteros y grasas tradicionales tienen prioridad máxima, seguidos por frutas y vegetales enteros y terminando con granos integrales.

Este cambio de modelo exigirá más y mejores suelos para la producción de vegetales y de proteínas animales, lo que parecería competir con las selvas y flores restantes.

Si además del cambio de alimentación, vemos las tendencias de crecimiento poblacional, es difícil no preocuparse por las consecuencias del cambio climático: la alteración de los ciclos de lluvia, la degradación de los suelos y la pérdida de biodiversidad.

Revisemos un poco los datos. Según la ONU, en 2024 había alrededor de 8 mil millones de personas y, se estima, seremos 9 mil 700 millones en 2050, un crecimiento de poco más de 20% en 25 años.

El crecimiento en la demanda de alimentos no crecerá en forma proporcional a como lo hará la población. Según la FAO, se espera un crecimiento superior al 50% de alimentos, los cereales pasando de 2.1 mil millones de toneladas anuales a 3 mil millones, y la proteína animal de 270 millones de toneladas a 470 millones de toneladas en 2050. Esto se traduce en que el reto no es nada más alimentar más gente, sino alimentar dietas más intensivas en su producción en tierra, agua y carbono.

Y, si queremos agregar un punto de tensión adicional, hoy, el agricultor promedio tiene más de 60 años y, se espera, para 2050, el 70% de la población vivirá en ciudades.

Según el Banco Mundial, la pobreza rural es entre 2 y 3 veces mayor a la pobreza urbana; si te vas a las causas estructurales, el poco acceso a mercados, infraestructura, educación y servicios financieros es una forma, no tan superficial, de explicar estas diferencias.

Al hablar de soluciones climáticas, inclusive cuando solamente se menciona, desde el poco entendimiento, la disminución de las emisiones de carbono de la industria, en realidad, estamos trabajando por mejorar las condiciones de vida de las personas en áreas rurales. Equilibrar el clima, dentro de lo que se pueda, se traduce en brindar estabilidad a quienes producen nuestros alimentos.

Si revisamos la Pirámide de Masolow, las necesidades fisiológicas, es decir alimentarnos, respirar y descansar, son su base. Luchar por un planeta más sano es luchar por el bienestar social.

Bajo ese contexto, la agricultura y ganadería regenerativa o la biotecnología para la producción de alimentos son soluciones que, si bien no están todavía al alcance de todos, sí deben ir tomando cada vez más fuerza para que se vuelvan regla, y no tendencia, en la producción de alimentos.

Consumidores conscientes, inversionistas dispuestos a apostar a largo plazo y, sobre todo, productores valientes que se atrevan a dar el salto para que este tipo de prácticas sea cada vez más accesible para todos.

Algo que sin duda tendrá consecuencias sociales positivas es apostar por una casa común más sana, por un modelo económico que no sea meramente extractivo de nuestros recursos y por soluciones que tomen a la naturaleza como parte de y no como meros recursos.

La tendencia ahí está, ¿cómo la exponenciamos?

Por: Miguel Gallo

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